
Cuando entro en la panadería, la mañana me recibe con alegría, el aroma a pan recién hecho, me envuelve y me hace sentir despierto.
El panadero sonríe y me saluda, y yo le devuelvo la cortesía, mientras observo las delicias, que se encuentran en la vitrina.
La hogaza de centeno me llama, el pan de masa madre me tienta, y el croissant de mantequilla, me hace salivar de manera instintiva.
El sonido del horno crepitando, me hace sentir que el pan está listo, y el cálido ambiente de la panadería, me hace olvidar el frío del exterior.
La elección hecha, el pan comprado, salgo a la calle, aún envuelto en el aroma, saboreando en mi mente el sabor a pan fresco, y con una sonrisa en mi rostro.

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